4.12.16

Ginsberg en la Habana, antes de ser expulsado por Fidel Castro


Allen Ginsberg, José Lezama Lima, J. M. Cohen, Nicanor Parra y Jaime Sabines en la Casa de las Américas, Cuba, 1965 


José Mario Rodríguez

Conocí a Allen Ginsberg en 1965: nos disponíamos a publicar una revista que se llamaría Resumen Literario El Puente I, en uno de cuyos números se incluiría “Aullido”. El traductor, David Bigelman, trataba de hacer contacto con Ginsberg, mediante unos estudiantes norteamericanos que estuvieron en Cuba y decían conocerle. Después supimos por la prensa que la Casa de las Américas le invitaba a formar parte del jurado de poesía de ese año. La tarde que se anunció su llegada, la pasaba con unos amigos en la Unión de Escritores. A las diez de la noche y cuando cerraron la Unión, salimos un grupo, mandamos a dos por una botella de bebida, mientras los otros esperábamos. Al poco rato aparecieron los que fueron por la botella, con un hombre de barbas, gafas y principio de calvicie, envuelto en un sarape mexicano: se trataba de Allen Ginsberg. Le vieron caminando frente al Habana Libre con su aire de profeta e intuyendo era el poeta de que tanto hablábamos le invitamos a tomar algo con nosotros. Se mostró de inmediato jovial. Nos preguntó que con qué podía quitarse unas ladillas que le habían pegado en México. Entre bromas y risas le llevamos a una farmacia de turno donde le indicamos comprar un pote de ungüento de soldado. De allí nos fuimos al Club Atelier. Un joven matrimonio del grupo comenzó a hacerle preguntas sobre los beatniks y la actitud que mantenían en la actualidad. Ginsberg se mostró interesado cuando le hablamos de que dirigíamos una editorial y comenzaríamos la publicación de una revista con un poema suyo. El tema de la Revolución cubana, los jóvenes y la cultura salió a relucir inmediatamente. Las preguntas giraron en torno a la libertad sexual. En esos días se sucedían en La Habana las depuraciones de las Escuelas de Artes y la persecución contra los homosexuales tomaba un carácter inquisitorio y siniestro. Ginsberg insistió: el joven matrimonio le explicaba los detalles. La botella de bebida se cayó en lo animado de la conversación. Salimos a la calle. Manolo y yo nos adelantamos con él por el Vedado. Nos dijo que se hospedaba en el Hotel Riviera. Manolo estaba traduciendo unos poemas de Kaddish y otros poemas. Ginsberg nos habló de su poesía y la diferencia que existía entre ella, la de Ferlingetti, y otros poetas beatniks. Según él su poesía a ese respecto era como el verso de la “Oda de Lorca a Whitman” “tu barba llena de mariposas”. Insistió en que él veía las mariposas en la barba como Lorca y otros sólo la barba. Le dejamos en la esquina del hotel y quedamos en verle al otro día por la tarde, para confrontar las traducciones.

Eran cerca de las siete cuando entramos al hotel. El ascensorista se negó a subirnos y nos mandó a la carpeta. Le explicamos al empleado de la carpeta que veníamos a ver al poeta norteamericano para confrontar unas traducciones. Nos dijo que estaba prohibido subir a su habitación. Le hicimos llamar a Ginsberg. Este bajó y nos hizo subir a su habitación, mostrándose molesto por la actitud que tuvieron con nosotros. Después de un rato de conversación en que le expliqué en qué consisten las Ediciones El Puente y los jóvenes poetas y escritores que publicamos en ellas, le enseñé los libros. Se refiere Ginsberg a que un joven estudiante de las Escuelas de Artes le visitó esa mañana, leyéndole unos poemas y explicándole las persecuciones y depuraciones que sucedían en dicha escuela (más tarde nos enteramos que ese joven fue detenido por la policía a la salida del hotel ese día). Leíamos algunos poemas. Ginsberg quería que los poemas que estaba traduciendo Manolo fueran adaptados a la realidad cubana, vertiéndolos al lenguaje de ese momento. Me explicó cómo algunas palabras usadas sólo por los beatniks habían tomado un carácter popular. Le hablé del recital que dimos en un Club (El Gato Tuerto) con compositores e intérpretes populares y el efecto que esto causó, y cómo pensábamos realizar el otro. Me dijo que si él aún estaba en La Habana podría participar. Si existían persecuciones en Cuba por la manera de vestir, etc., ¿Cómo era que a él lo invitaban? ¿Qué era el “feeling” y los “enfermitos”? En unas horas Ginsberg logró informarse de muchas cosas y no cesaba de confrontarlas. En esto subieron del periódico Hoy. Venían a hacerle una entrevista. Manuel Díaz Martínez se sentó. Nosotros estábamos sin zapatos y recostados cómodamente en ambas camas. Sr. Ginsberg, dijo muy serio pasado un rato de asombro: “¿Qué le diría usted si encontrase a Fidel Castro?” Ginsberg le respondió que si no había otra cosa que ver en La Habana que a Castro, pero, en fin, si él lo viera le diría que no continuase fusilando. Que en vez de fusilar castigase a los condenados a ser ascensoristas en el Hotel Riviera. Que no persiguiese más a los “enfermitos”, pues estos representaban el caudal de sensibilidad del pueblo cubano, y permitiese la venta libre de mariguana, pues los médicos habían probado que era menos dañina que el alcohol. Y que no persiguiese a los homosexuales, porque, como le dijo su amigo el poeta Voznisenski, el comunismo era una cosa del corazón y él creía que el homosexualismo también, pues cuando dos hombres se acostaban contribuían a la paz y a la solidaridad, por lo que no era incompatible con el comunismo. Prosiguió Martínez: “¿Qué haría usted si ganase el premio Nóbel?” “Comprar un quintal de mariguana”, respondió Allen, “y lo que sobre donarlo para el cine independiente de New York”. El periodista desistió de hacer más preguntas y continuó tomando notas en su libreta mientras conversábamos. Un momento antes de que se retirase, Gingsberg le dijo: “¿Me asegura que su periódico publicará todo lo que he dicho?” “¡Cómo no¡ en Cuba hay una libertad total”. Respondió. “¿Cómo se llama el director de su periódico?”, siguió Allen, “Blas Roca”, contestó Martínez, “Bueno, pues si no se publica, yo voy a ir a hablar con Blas Roca y convencerlo de que lo publique”, prosiguió Ginsberg. El periodista salió y nos estuvimos riendo. Allen bajó acompañándonos hasta fuera del hotel.

Por la mañana leí en el periódico El Mundo un artículo de Ángel Augier celebrando la llegada del rebelde beatnik a La Habana. Ginsberg se convertía en acontecimiento. Nos vimos por la tarde y entre chistes y botellas de cerveza, Ginsberg hizo en la cafetería de la UNEAC varias fotos de los carteles del recital y de nosotros. Le traje unos collares de Santería y encantado se colgó al cuello a Changó, Ochún, Yemayá y Elegguá. Me preguntaba por el significado que tenían los colores de las cuentas. Nos enseñó el Corno donde aparecía un poema suyo y lo copió dedicándoselo a un muchacho de la mesa. Me decía si esos collares no los usaban solamente las mujeres. Le expliqué que cada uno representaba un dios africano y lo mismo los usaban los hombres que las mujeres. Le prometí un libro que habíamos publicado: Poesía Yoruba. Manolo y yo pedimos un papel en la Unión que hiciera constar que él estaba trabajando en unas traducciones de poemas de Ginsberg, para que lo dejaran subir al hotel sin complicaciones. Nos despedimos. Ginsberg y Manolo siguieron para el Riviera.

Al día siguiente, por la tarde, supe que Manolo había sido detenido a la salida del hotel: le llevaron a la Estación de Policía y le ficharon como delincuente juvenil (por tratarse de un menor de edad, entregándolo esa madrugada a su madre con un papel de acusación que decía: “Por andar con extranjeros”. Avisado Ginsberg, fue a hablar con el poeta Nicolás Guillén. Vi a Guillén. Vi a Ginsberg más tarde y estaba confuso. Guillén le había dicho que se trataba de un error a pesar de que Manolo mostró a la policía el papel de autorización para las traducciones. Decidimos tomar precauciones. Nos veríamos en sitios como la UNEAC o en mi casa. Tomaríamos siempre un taxi y luego otro. Ginsberg deseaba seguir reuniéndose y hablando con nosotros. Sartre le había pedido un trabajo sobre su estancia en Cuba y tendría entera libertad para decir la verdad de lo que pasase o le ocurriese. También temía escribir algo que nos perjudicara. Quería saber más. Según él, un documento sobre Cuba que no fuese específicamente humano, sería tergiversado políticamente. Nos habló de hacer una antología de después de la revolución para llevársela a Ferlingetti, con destino a su editorial. Quería que nos pusiésemos a trabajar en esto lo más seriamente posible y cuanto antes, pues al quedar constituido el jurado de la Casa de las Américas él tendría bastante trabajo leyendo los manuscritos. Esa noche se daba un recital de los cantantes de feeling en el Amadeo Roldán en honor de los jurados de Casa de las Américas. Ginsberg leía una y otra vez la acusación “por andar con extranjeros”, como si no pudiera creerlo. Hizo varias fotos del documento.

Manolo y yo fuimos al Amadeo Roldán. Sacamos nuestras entradas. Ginsberg estaba hablando con algunos intelectuales del jurado de Casa de las Américas. Se acercó a nosotros y nos dijo que nos invitaba a sentarnos con ellos. Después de terminado el recital, nos despedimos. Allen se fue en un coche del ICAP. Manolo y yo subíamos por la acera del Carmelo hacía Línea. De un coche salió un hombre vestido de oscuro: “Están detenidos”, nos dijo. Tenía la mano dentro del bolsillo como si nos estuviera encañonando. Nos metieron en un coche perseguidor con cuatro policías y nos condujeron a una estación. El hombre nos subió, dio su nombre y nos condujo por la izquierda a otro compartimiento, presentándonos ante otro hombre que estaba vestido de civil también. “Aquí están”, le dijo. “¿Estos son, eh?”, le respondió, e hizo un gesto como diciendo: “que esperen afuera”, y siguió mirando unos papeles. Cerca de nosotros había un escándalo y una discusión. Tres de los muchachos que mandaron a sentarse cerca de nosotros los conocíamos: nos dijeron que estaban dando un recital de poesía en el Habana Libre y al formarse una reyerta entre dos que estaban allí, tuvieron que venir a declarar, pero se irían dentro de unos momentos. Les expliqué nuestro caso en una fracción de segundos, les di el teléfono del hotel de Allen, el de la UNEAC y el de varios amigos para que avisaran inmediatamente que nos encontrábamos detenidos injustificadamente. Un hombre los mandó irse. No había pasado media hora cuando apareció el administrador de la UNEAC. Ginsberg lo sabía ya y estaba tratando de localizar a Hayde Santamaría o su secretaria, al mismo tiempo que hablaba con varios intelectuales en el hotel. Al administrador de la UNEAC lo dejaron llegar hasta nosotros después de identificarse. Le dije cómo fuimos detenidos. Discutió, bajo, un rato con los policías. Volvió y nos dijo que nos soltarían enseguida. Se fue. “Es un error”, nos dijeron. No obstante, levantaron un acta: “Por rutina”, según ellos. Allen seguía en el hotel hablando con otros intelectuales, para redactar un documento de protesta si no nos soltaban.

Nos reunimos a la mañana siguiente, tratando de explicarnos a nosotros mismos si se trataba del comienzo. Existía la desconfianza de que se tratase de una cosa premeditada y no de un error. Los chismes en torno a la estancia de Allen con nosotros tomaban auge. Me pidieron entonces que dejara de verle. Pensé que la personalidad de Allen estaba por encima de toda mojigatería. Por la tarde fuimos a oír discos de Bob Dylan y otros que no se conocían en Cuba. Allen me explicaba su casi sistema poético a base de notas recopiladas en un cuaderno: ahí lo iba apuntando todo, copiando lo concerniente a cuanto lograba impresionarle y sus propias impresiones, hechos y sentimientos: después lo transfería todo al poema como materia poética, lo transformaba mediante la técnica que dicha materia exigiese. De notas así nacieron largos poemas como “Kaddish” y “Aullido”. Apuntaba de esa forma todo lo que le sucedía desde su llegada a Cuba. Leyó unos poemas de Carlos William Carlos (que había sido su maestro), explicándomelos minuciosamente así como unos poemas de Ezra Pound, y cuando intenté decir la canción de Amor de Alfred Prufrock, manifestó que la poesía de Elliot había envejecido. “Los poetas supuestamente revolucionarios caen en el error de narrar la realidad tal y como la ven, negando así cualquier otra posibilidad: por eso son los negadores mismos de la realidad”. Me habló de los libros presentados en la Casa de las Américas. Y se refirió al original de un libro mío, según el cual yo caía en el error contrario: “Muy subjetivo”, me dijo. “La cuestión es mezclar las dos cosas”. Repitió que él consideraba, sin embargo, su poesía como poesía naturalista. Tenía un nuevo concepto del naturalismo. Por la noche nos reunimos con Lisandro Otero, Marcia Leiseca, Edmundo Desnoes y María Rosa, por deseos expresos de éstos, los cuales deseaban enterarse de lo que realmente ocurría en torno a nosotros.

Conocí por azar al muchacho de las Escuelas de Arte que visitó a Ginsberg. Me contó con detalles cómo fue la detención y los interrogatorios a que lo sometieron. Eran policías secretos del ICAP (Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos). Lo amenazaron para que no volviese a ver a Allen. Le dejaron irse, pues conservaba todavía el carné de militante de la Juventud Comunista. (En realidad había sido expulsado de la misma por no haber estado de acuerdo con las depuraciones de dicha escuela). Fue a ver a Ginsberg por curiosidad y admiración. Intentaban que los integrantes del jurado de la Casa de las Américas no tuviesen contacto con jóvenes que no se considerasen de confianza, para que no pudieran enterarse de las cosas que sucedían en esos momentos: persecuciones, depuraciones, detenciones absurdas y vejaciones. Con los viejos intelectuales acomodados no había problemas y mucho menos con los jóvenes o que se decían jóvenes que pactaban con aquella situación. Estos podían hablar cuanto quisieran. Incluso dar fiestas en sus casas para demostrar a dichos intelectuales la libertad existente en Cuba. Así se dio el caso de un conocido capitán del Ejército, que facilitó mariguana a Ginsberg.

Otros jóvenes lograron hablar con Allen. Le esperaron a la puerta de la Unión un día que estábamos en la cafetería y le llevaron a un sitio que desconozco. Parece que esta confrontación lo decepcionó aún más sobre lo que pasaba en Cuba. Le llevamos una tarde por La Habana. Él mismo nos fue conduciendo hacia la parte del Parque de la Fraternidad. Se sentó en la esquina que hace la Sears y nos pidió que lo dejáramos un rato. Cuando volvimos estaba triste. “Hace unos diez años me senté en este mismo sitio y escribí un poema; hoy no me ha salido nada”, nos dijo. Después le llevé al Bar Cabañas, mostrándole por donde había entrado Fidel.

Ginsberg iba por las librerías y preguntaba por nuestros libros. Se mostraba ensombrecido por la propaganda antinorteamericana: “Hasta en los libros para niños”, repetía. Llevaba dos pequeños címbalos traídos de su viaje a la India (con Salvador Dalí) y cantaba en cualquier parte, acompañándose con ellos, una canción hindú que me copió en un pequeño block (la misma que le oí en el documental Son and Daughter). “Es un ejercicio para el estómago” y cantaba en las guaguas, en la calle, en las recepciones.

Hubo una recepción de bienvenida en la Unión de Escritores al jurado de la Casa de las Américas. Fuimos invitados. La secretaria de Hayde Santamaría nos acercó a ésta, para que hablásemos con ella Allen, Manolo y yo. La señora Santamaría nos dijo que después de haber hablado con el capitán Abrantes, éste le comunicó que nuestra detención se debía posiblemente a un error. Hicieron muchas fotos y una salió al otro día en el periódico El Mundo.

Comencé a notar que mi apartamento continuaba vigilado por la policía. Ginsberg había dicho que pensaba, después de terminado el concurso, quedarse en Cuba, tratar de alquilar un coche e ir por toda la isla para escribir un libro. Visitó varias veces mi apartamento. La Casa de las Américas se lo llevó con todo el jurado a Santiago de Cuba. Le preparábamos una comida en casa de unas amigas para cuando volviese. Fijamos un día para la comida. Esa mañana pasé por la Unión de Escritores y supe que había sido expulsado: la policía lo sacó del hotel y lo metió en un avión rumbo a Praga. El escándalo del día consistía en diversos comentarios sobre la actitud de Ginsberg en Santiago de Cuba y ciertas declaraciones relativas al “Che” Guevara y Raúl Castro.

Días después recibíamos una carta desde un hotel de Praga. La carta era de Allen Ginsberg, el cual atestiguaba que nosotros nunca lo molestamos y citaba como testigos de sus palabras a los intelectuales reunidos en el evento de la Casa de las Américas de ese año y a la propia Hayde Santamaría; también aclaraba que el día del suceso del Amadeo Roldán, él nos había invitado a acompañarlo como muchas otras veces. Dando todos los detalles posibles, Ginsberg trataba de anticiparse con esa carta a cualquier hecho que pudiera realizarse contra nosotros. Las precauciones de Allen fueron justificadas: pasados unos días recibimos una citación, por la cual íbamos a ser sometidos a un juicio.

Mi apartamento era vigilado día y noche. Temí lo peor. Empezó a decirse que el libro de Manuel Ballegas Con temor, era un libro contrarrevolucionario. Fui a la imprenta y me encontré con la sorpresa de que el libro no aparecía. Una persona de la UNEAC me llamó para decirme que estaban tratando de cerrar las ediciones. Específicamente, Onelio Jorge Cardoso y Fayad Jamis. Uno de éstos se apoderó del libro de Manolo y se lo entregó a un comandante, quién a su vez se lo hizo llegar a Fidel Castro como prueba de que Ediciones El Puente corrompía a los jóvenes. Pensé que la cosa no tenía razón de llegar a tanto y lo tomé como un chisme o intriga.

Llamé a la secretaria de la Sra. Santamaría y le dije lo del juicio. Me contestó que se trataba de un trámite rutinario y que no temiera, que todo estaba arreglado. Teníamos un recital (el segundo). Empezaron a poner obstáculos. Recibí llamadas telefónicas y amenazas que callé para que la gente no temiera ir al recital. Así se dio en una atmósfera de tensión e incertidumbre. Otros libros fueron sustraídos de las imprentas. Pasaron los días y los títulos planificados no aparecieron.

Tomé toda clase de precauciones, en caso de que ocurriera algo en el juicio. Vi un abogado y me dijo que delito en sí no existía. (Se nos acusaba de “parecer homosexuales” y “andar con extranjeros”.) Lo que estaría haciendo la policía era tratar de hallar alguna prueba en mi apartamento. ¿Prueba de qué?. Se tradujo la carta de Ginsberg. Personalmente hablé con varias personas que pudieran ayudarme. La única solución era esperar.

Fui a ver a Fernández Retamar, a quien me encontré antes en la UNEAC acabado de llegar de Praga. Me dijo (con su ambivalencia y temor habitual) haber visto a Ginsberg y el éxito de éste en la Universidad de San Carlos, de donde lo sacaron en hombros. Contó Retamar que a su regreso a Cuba, coincidió en el mismo avión con el “Che” que regresaba de África y éste, enterado de la forma en que expulsaron a Ginsberg, mostró su desagrado. Retamar se manifestaba comprensivo en cuanto a la actitud de Ginsberg, su personalidad y la impresión que esto debió causar en nosotros.Tuve la sensación de que tal vez yo exageraba mis temores. El día del juicio no aparecieron acusadores. El juez, con una sonrisita, nos declaró absueltos.

Una noche conversaba con unos amigos en 23 y O. Se acercó un conocido de la Universidad. “¿No te has enterado?”, me dijo. “¿De qué?”, le contesté. “Fidel Castro acaba de nombrarlos a ustedes en la Universidad”. “¿A mí?”, le dije. Fidel, por lo visto, estaba en lo que iba a ser la Escuela de Filosofía y un grupo de alumnos comandados por Jesús Díaz empezó a hablar de la cultura. Fidel se refirió a Carpentier, a la Casa de las Américas y al ICAIC, después de la Unión de Escritores, expresándose despectivamente respecto a Guillén. Uno de los presentes le gritó: “Fidel, ¿y El Puente?”. “El Puente lo vuelo yo”, dijo agitando un manuscrito que tenía en la mano, y prosiguió hablando. (El manuscrito del libro era el de Manolo, al decir de Rodríguez Rivera, que manifestó haber estado presente.) Después de esto, Nicolás Guillén me citó, comunicándome que en vista de lo ocurrido la UNEAC no se responsabilizaba con las ediciones. De esa forma se nos negaba el derecho a imprimir y ser distribuidos. Cuando por la tarde fui a buscar la Segunda Novísima de Poesía Cubana, que se terminaba de imprimir, se negaron a entregarme ejemplares.

En esos días, bajo la acusación de homosexuales, se negaba el derecho a dirigir grupos de teatro a los directores más importantes de Cuba. Inclusive a Vicente Revueltas (director de Teatro Estudio, que siempre preconizaba un teatro social). Las persecuciones a escritores y artistas, mezclada con problemas morales, tomaba un carácter alucinante: actores, jóvenes poetas y compositores eran detenidos continuamente. El Carmelo de Calzada, sitio de tertulia y reunión, se convirtió en un lugar peligroso.

Puesto que la policía me seguía y vigilaba mi apartamento cerré éste y me fui a vivir a casa de mis padres, con la decisión de hacer los contactos necesarios para conseguir los dólares de mi pasaje y marchar al extranjero. En La Gaceta, aprovechando todas las circunstancias en torno a nosotros, Jesús Díaz atacó a las ediciones diciendo que aunque era la primera manifestación generacional que se producía dentro de la revolución, tratábase de gente “disoluta y negativa” (palabras más que peligrosas en Cuba). A la noche siguiente yo tenía una cita con un joven amigo, para revisar unos cuentos suyos. Cuando llegaba a la esquina de O y 19, dos hombres armados me detuvieron. Me llevaron con tres más a una Estación de Policía. Fui sometido esa noche a tres interrogatorios. El primero consistió en preguntas sobre varios intelectuales y sus posiciones, así como la clase de amistad que yo tenía con algunos de ellos y a quiénes deseaba denunciar. El segundo (viendo que no conseguían nada) estuvo lleno de insultos hacia mí, los intelectuales y la Unión de Escritores, calificando a todos los artistas de degenerados. El tercero fue hecho en un cuarto muy reducido, frente a un oficial que se encontraba detrás de un pequeño buró. El oficial parecía que acababa de llegar. Se refirió antes que nada a Allen Ginsberg. (Encendió una bombilla; me pareció que la conversación estaba siendo grabada). Pretendía que afirmara que yo era homosexual. Todo esto en el tono más amable, mientras hacía preguntas indirectas sobre figuras conocidas. Me dijo que él iba a ayudarme y no me pasaría nada, que denunciara a quien quisiese, que aunque yo nunca me hubiera acostado con un hombre eso no tenía que ver, pues yo podía ser homosexual y no saberlo, que si yo lo declaraba ellos iban a hacer todo por curarme, que yo era un muchacho muy inteligente que había publicado libros y ellos sólo querían que yo no fuera un mal ejemplo para la juventud. El asunto era que yo dijese sí simplemente. El interrogatorio seguía en un tono totalmente amistoso. Como me negué, me hizo salir. Llamaron a los padres del muchacho que detuvieron conmigo. Llegó la madre. El padre que era médico se encontraba efectuando una operación. Intentaban convencerlos de que me hicieran una acusación por corrupción de menores. Cuando la madre se sentó a mi lado en espera de que volviesen a llamarla, me lo dijo; también me dijo que no me precipitara pues ellos eran una familia incapaz de acusaciones de esa índole. Cerca de las doce del día y cuando llegó el padre, un oficial me mandó marchar.

No pasó una semana y me hicieron la primera llamada del Servicio Militar: después se sucedieron cerca de cuatro llamadas consecutivas. En la última fui interrogado por seis hombres. Me hicieron caminar de un lado a otro y me insultaron. Me dijeron que no les importaba que yo fuese escritor, ni que hubiese estudiado en la Universidad; que ellos se limpiaban los c... con eso; que todos los escritores eran unos maricones y ellos iban a acabar con la UNEAC y todos los sitios como esos; que yo me había dejado corromper y ellos iban a hacer de mí un hombre, sin poemitas ni nada de esa porquería; que la literatura era una cosa de flojos y afeminados que no podía permitir la revolución. La única pregunta que les hice fue que cuál era el nivel de escolaridad de todos ellos. Se indignaron de una forma increíble y me mandaron a la Estación de Policía de mi barrio. Me sentía cansado y deprimido. Me esperaban. Me dieron una planilla para que la firmase. La planilla, además de los datos convencionales, contaba con un solo añadido: el que yo tenía pasaporte. El policía me la dio a firmar, mientras la sostenía para que yo no pudiese dar vuelta a la hoja. Firmé bajo los datos. Cuando la retiró noté que estaba escrita por detrás a bolígrafo y con muy mala letra: “Ya perteneces al Ejército”, fueron las palabras del policía.

El 16 de junio, y no teniendo prueba alguna contra mí por la que pudiera ser juzgado por tribunal alguno, se me llamó con el pretexto del servicio militar y se me condujo a un Campo de Trabajos Forzados en Camagüey. Miles de personas corrieron la misma suerte por esa época, por lo que no me considero el único que recibiera torturas físicas y morales, así como toda clase de vejaciones. Ni me considero el único testigo. Allí conocí desde universitarios, infelices y delincuentes, hasta sacerdotes. Incomunicado durante tres meses, se intentó acusarme de agente de la CIA. De mis cartas se hicieron duplicados para el Ministerio del Interior, mientras se me amenazaba con el asesinato de mis sobrinos, de uno, tres y cinco años. En realidad no tenía nada que confesar ni de que arrepentirme. Un día se dijo en el Campo que habían sido tantas las quejas y los comentarios de lo que ocurría en esos lugares, que Fidel Castro había hablado en un discurso de ellos. Las alambradas fueron bajadas, las ametralladoras de las puertas y el número de soldados reducidos, se prohibió pegarnos y someternos a castigos. Días después, cuando las apariencias fueron cambiadas, se permitió a nuestros familiares ir a vernos como si allí no hubiera ocurrido nada.

Un mes después se nos permitía ir a La Habana con un pase. El 3 de octubre me dejaron salir. El 4 por la noche se presentaron unos oficiales en mi casa, con el pretexto de hablar conmigo. Como no me encontraba quedaron con mi familia en volver a la mañana siguiente. Por la mañana quienes se presentaron en casa fueron tres hombres vestidos de civil, los cuales entraron hasta mi habitación haciéndome vestir a punta de pistola. Me montaron en un coche del Ministerio del Interior. Tenía gripe, con 39 grados de fiebre. No obstante fui conducido a una celda, sin explicaciones de ninguna índole. Cuando mi madre se acercó a la Estación de Policía llorando para saber lo que pasaba, fue amenazada por la policía de la puerta, que la obligó a que se mantuviera a más de cincuenta metros. Al anochecer se me condujo a la prisión militar de la Cabaña, donde según la policía sería juzgado militarmente. Al tercer día de encontrarme en las condiciones más abominables y creyéndome que iba a quedarme ciego por la oscuridad del lugar, conseguí un pedazo de papel con el que alguien se había limpiado y con un insignificante trozo de lápiz redacté una carta al fiscal de la Cabaña. La carta la entregó compadecido el jefe de patio. Apenas media hora más tarde me hicieron comparecer ante la dirección. El joven oficial jefe tenía la carta en la mano cuando me hicieron entrar. Al verme pelado al rape, con el traje de preso raído y con fiebre me dio la espalda. Luego se sentó. Después de escucharme atentamente mandó que me sacaran a una celda amplia y limpia donde tuviese donde dormir, y que se me permitiese todos los días salir a los jardines de la cárcel y limpiarlos, así como botar la basura (esto me permitiría ver el sol que era lo que yo le pedía). Durante los días que estuve allí ese fue mi trabajo. Nunca me dijeron una palabra. Me estaba prohibido hacer preguntas o dirigirme a los militares si ellos no me hablaban primero. Una mañana, inesperadamente y conforme me hicieron entrar en aquel lugar, me sacaron. Me permitían estar 10 días en La Habana, después de los cuales debía volver a un nuevo Campo. Las maquinaciones parecieron topar su límite. Cumplidos los 27 años podría abandonar el país. Con amigos en el extranjero y mediante una familia se consiguieron los dólares de mi pasaje. Con la transferencia bancaria de los dólares me concedieron la libertad. En febrero de 1968 logré salir de Cuba.

Publicado en Mundo Nuevo, París, abril de 1969, pág 48-54.

6.5.15






El llamado y el aprendizaje



En todas las vocaciones intervienen dos elementos: el llamado y el aprendizaje. ¿Qué es el llamado? Me parece imposible definirlo. Sin conocer exactamente la razón, un día sentimos una atracción inexplicable hacia esta o aquella actividad: la herrería, la actuación escénica, la equitación, la música. Casi siempre esa atracción es irrefrenable; casi siempre también está asociada a la habilidad o al talento que requiere la actividad que nos atrae. Cierto, la excelencia es rara y sentir atracción por esto o aquello no implica necesariamente talento o maestría. Aunque el talento sea raro en todos los oficios, el llamado nace de una disposición innata que nos otorga, en proporciones variables, la capacidad de hacer las cosas. Además, nos da el goce de consagrarnos a aquello que amamos. El llamado es interior y puede ser instantáneo o paulatino; apenas se manifiesta, deja de ser una revelación, es decir, el descubrimiento de una afición oculta, para convertirse en una imperiosa invitación a hacer. La palabra central, el corazón del llamado, no es el conocer sino el hacer. Es un hacer inseparable de nuestro ser más íntimo: el pintor pinta porque cree, y en parte es verdad, que sólo en y por la pintura llegará a ser lo que es; pintar es su destino y sin la pintura él no tendría existencia real, sería una sombra de sí mismo.


     El cuadro o cualquiera otra obra poseen una existencia independiente de su hacedor. La mesa para el carpintero, el puente para el ingeniero y el óleo para el pintor, una vez terminados se separan de aquellos que los hicieron. La vocación nos llama a ser lo que somos a través de algo distinto de lo que somos: obras, objetos, ideas, actos. Lo interior se transforma en lo exterior. La vocación nos dice: tú eres lo que haces. De ahí que en todos los oficios y las artes lo ideal sea la objetividad. Extraña y diaria paradoja: el sujeto, para realizarse, debe desaparecer. ¿Qué queda del hombre Shakespeare en las obras de Shakespeare? ¿Quién fue realmente Esquilo? La biografía de Dante es un puñado de datos dispersos sobrenadando en lagunas inmensas. No importa: la Commedia nos dice todo lo que tenemos que saber sobre Dante y su época. No niego que en muchas obras, sobre todo en las modernas, triunfa la subjetividad y con demasiada frecuencia aparece en ellas, apenas disfrazado, el autor con sus manías y sus tics. Pero en otras obras modernas —no son pocas y varias son excelsas— la subjetividad se redime: el yo del poeta y del novelista se desprenden de su autor y alcanzan una suerte de objetividad ejemplar. Lo particular, sin desaparecer, se vuelve universal.



     El hombre, decía Aristóteles, es imitador por naturaleza y el aprendizaje comienza con la imitación. Sin ella, serían inexplicables todas las vocaciones, pues ¿de dónde viene el llamado sino de un movimiento anímico que nos lleva a emular e imitar al que admiramos? La admiración nace de la capacidad maravillosa de asombrarse. Es un sentimiento frecuente en la infancia y en la adolescencia. Una obra o una persona nos inspira asombro y, si ese sentimiento es profundo, algo más pleno: adhesión. Nos identificamos con aquello que admiramos y entonces brota el deseo de imitación. Por la imitación nos apropiamos de los secretos del hacer. El llamado nos invita a hacer; la imitación nos enseña cómo hacer. Guía a veces pérfida y que puede convertirnos en repetidores sin originalidad. Del mismo modo que el hacedor debe desaparecer, así sea parcialmente, en lo que hace, el imitador debe saltar y penetrar en el territorio desconocido de la invención. Pero para llegar a ese territorio debe pasar por la imitación. Su aliado en esa exploración de lo desconocido es justamente lo que ha aprendido en sus imitaciones; si ha sido capaz de dominarlas, está listo para dar el salto. Todos los escritores y autores comienzan imitando; todos, si tienen talento, convierten sus imitaciones en invenciones. Los poetas, sin excluir a los más grandes, recurren sin cesar a la tradición y en sus obras se encuentran siempre pasajes que son tejidos de alusiones a las obras del pasado. Lo sorprendente es que esas alusiones se transforman en algo nuevo y nunca oído. La poesía y la novela están hechas de lugares comunes inmemoriales que el autor transmuta en expresiones inéditas. La comparación entre el amor físico y el combate es tan antigua como la poesía misma pero Góngora la recrea en una línea que nos sorprende como caída del cielo: "a batallas de amor campo de plumas". La originalidad es la hija de la imitación.


     Poco puedo decir acerca del misterio del llamado. Digo misterio porque me parece que no ha sido nunca enteramente elucidado: ¿de dónde viene, quién lo dice, es una disposición innata? Cualquiera que sea nuestra respuesta a estas preguntas, lo cierto es que el llamado nos elude si tratamos de definirlo en términos precisos. Sin embargo, es una experiencia conocida por infinidad de personas y en distintas épocas. En mi caso bastará con decir que, niño todavía, conocí la atracción por las palabras; me parecían talismanes capaces de crear realidades insólitas. Al llegar a la adolescencia, la fascinación ante el lenguaje se convirtió en tentación: quise escribir poemas en los que cada palabra y cada sílaba tuviesen un color y una resonancia capaces de recrear estados anímicos —emociones, sentimientos, sensaciones, ensoñaciones— que de otra manera eran inexpresables. Escribir poesía fue un rito secreto, ejercido a espaldas de los adultos o en su contra. Ingenua temeridad: mis versos no eran sino líneas inánimes y era desoladora la distancia entre ellas y la emoción que experimentaba al escribirlas. El rito, colindante con el sacramento y la blasfemia (la poesía me parecía una actividad fuera de la ley) se resolvía invariablemente en lugares comunes. Naturalmente yo apenas si me daba cuenta de esos repetidos fracasos.


     A medida que pasaba el tiempo y mis lecturas se extendían, mis poemas cambiaban. Esos cambios eran el resultado de mi ansia de perfección y de mi paulatino adiestramiento, pero asimismo de la imitación. Ya señalé que la admiración es el origen; comenzamos admirando y de ahí pasamos a la emulación: queremos ser como aquel que admiramos o hacer una obra como aquella que amamos. Mis primeras admiraciones están asociadas al mundo que rodeó a mi infancia y a mi adolescencia: la biblioteca familiar y el culto a las letras. El patriarca de mi familia, mi abuelo, Ireneo Paz, era un escritor y periodista, autor de novelas, leyendas históricas, obras de teatro, poemas e innumerables artículos políticos y de actualidad. Sería injusto no mencionar su sátira política; algunos de sus sonetos son memorables. Yo admiraba a mi abuelo pero también, y aun más, a sus admiraciones: Cervantes, Quevedo, Pérez Galdós, algunos poetas modernistas mexicanos como Gutiérrez Nájera y Díaz Mirón, los historiadores del México antiguo y varios clásicos y modernos. Otra influencia: mi tía Amalia, gran lectora de literatura francesa y devota de Balzac. Las admiraciones de ambos fueron mis admiraciones aunque yo muy pronto tuve otras y muy distintas. Fui un lector desordenado y ávido; devoraba novelas y libros de historia; en cambio, leía lentamente los libros de poesía, releyendo los poemas que me impresionaban: quería aprender. Mis lecturas me revelaron que ignoraba los rudimentos del arte poético. Para remediar esta falla quizá debería haber acudido a mis maestros de literatura, ya que para entonces cursaba los primeros años del bachillerato. Preferí hacer las pesquisas por mí mismo. Por azar, descubrí en un estante un pequeño libro: el tratado de retórica y poética del sevillano Narciso Campillo. Lo leí y releí. No comulgaba con la estética neoclásica del autor pero sus lecciones y, sobre todo, sus ejemplos, tomados de los clásicos, me llevaron por el buen camino. Supe lo que eran un endecasílabo y una sinalefa, cómo se componía un soneto, las diferencias entre la rima consonante y la asonante y, en fin, las formas principales de nuestro verso: el romance, la seguidilla, el villancico, los tercetos, la octava real y todas las otras. Desde entonces el interés por la prosodia española no me abandona: la poesía es ante todo una construcción rítmica y ni siquiera el llamado verso libre escapa a la ley del ritmo. En cuanto a mis modelos: descubrí a los clásicos, me enamoraron los modernistas hispanoamericanos y de ellos salté a los poetas contemporáneos de España y de América. Fui un lector fiel de las revistas literarias de esos días: en España, de la de Occidente y, más tarde, de Cruz y Raya; en América, de la argentina Sur y de Contemporáneos en México. Quería ser un poeta moderno y ellas fueron, para mí, la fuente de la modernidad intelectual, estética y poética.



     ¿Y la prosa? Casi al mismo tiempo que la poesía, comencé a escribir cuentos. Tendría yo unos 15 años y mis primeras tentativas fueron un eco de mis lecturas infantiles: los libros y cuadernos de aventuras, de Buffalo Bill a Robinson Crusoe y de Las mil y una noches a los cuentecillos que publicaba la editorial Calleja y que podían comprarse por unos pocos centavos. Más tarde escribí otros cuentos, con mayores pretensiones literarias y con temas urbanos que me parecían insólitos, como las confidencias de una esquina a un farol. También pequeños textos: algunos eran monólogos líricos y otros descaradamente sexuales. No fueron muchos y todos se han perdido. Ninguno de ellos valía gran cosa pero revelaban cierta afición por las ficciones literarias. ¿Por qué abandoné tan pronto el género? No lo sé. En todo caso, tuve una recaída y entre 1949 y 1950 escribí Arenas movedizas, un delgado volumen recogido en el primer tomo de mi obra poética.




     Fui un lector apasionado de novelas y confieso que me hubiera gustado escribir algunas. Pero la ficción novelesca exige tiempo; hay que sentarse todos los días, durante muchas horas, para contar una historia, pintar a unos personajes, idear una intriga y describir un cuarto o una ciudad. Tal vez mi temperamento no se aviene a esos rigores: la poesía es sintética y pide una concentración opuesta a la de la novela. El novelista desarrolla, describe, narra, analiza y, en suma, distiende al tiempo; el poeta lo comprime y debe decirlo todo en unas cuantas líneas. El tiempo de la poesía es maleable; para escribir las tres líneas de un haikú o las 14 de un soneto hay que esperar, en ocasiones meses y aun años. Pero esas largas esperas se resuelven en un relámpago. Esta es una de las grandes alegrías que nos da la poesía, siempre en perpetuo vaivén entre el instante y lo eterno.



Aunque desde el principio me incliné por la poesía, seguí leyendo novelas. No me dejaba la tentación de escribir una. Al fin, en 1942, me decidí. Comencé con entusiasmo, seguí durante algunos meses y llegué a unas 200 páginas pero no logré terminarla. Mi única novela quedó en borrador informe. Esta actitud, mitad fervor y mitad desidia, contrasta con mi apasionado y continuo interés en el ensayo, las reflexiones y la crítica. Desde mi adolescencia me interesó sobremanera la historia, la universal y la de México. Leí a varios clásicos griegos y latinos; también a otros grandes historiadores. La historia me llevó a la filosofía, a la antropología, a la crítica literaria y a la artística. Pero probablemente no habría escrito gran parte de los textos recogidos en este volumen, gracias a la curiosidad inteligente de Enrico Mario Santí, si no hubiese sido porque muy joven comencé a colaborar en revistas literarias. Varias de ellas fueron fundadas por mí y otros pocos amigos. La primera fue Barandal; apareció en 1931 y yo tenía 17 años; ahí publiqué mi primer artículo sobre temas poéticos. Las otras revistas fueron Cuadernos del Valle de México (1933) y Taller (1938). También colaboré con frecuencia, a pesar de que no pertenecía al consejo de redacción, en Letras de México y un poco más tarde en Sur. Casi todos los textos de esa época fueron escritos para defender una idea o una tendencia, exaltar a algún amigo o compañero, censurar o combatir lo que nos parecía, a mis amigos y a mí, literatura académica o contagiada por el nacionalismo ramplón, rampante en esos días. A pesar de que mis ideas me inclinaban hacia la izquierda radical, después de un corto periodo de simpatía por esas posiciones, me opuse al llamado "realismo socialista". La literatura viva, la que se escribía en esos años, sobre todo por los jóvenes, fue el tema de la mayoría de mis artículos y notas. Subrayo que esos textos pertenecen no tanto a la literatura mexicana como a la historia de los gustos, opiniones e ideas que prevalecían entre los jóvenes, en México y en esos años. Era literatura partidaria, como quería Baudelaire. La modernidad, decía, es polémica, es una negación del clasicismo y esa negación debe aparecer en la crítica.



     Mis opiniones y posiciones se han vuelto humo; sin embargo, no me arrepiento de haberlas expuesto, no por las ideas que sostengo sino por mi denuedo en defender posiciones que entonces eran minoritarias. Otra razón para no desechar enteramente esos escritos: arrojan un poco de luz sobre esos tiempos y muy especialmente acerca de un asunto que todavía interesa a los estudiosos: las relaciones entre los jóvenes escritores españoles desterrados en México y los mexicanos. Una de las revistas que mencioné más arriba, Taller, fue un punto de reunión; en sus páginas colaboraron casi todos los jóvenes que habían hecho, durante la guerra civil, Hora de España. Aparte de esta literatura militante, por naturaleza destinada a perecer, declaro sin falsa modestia que aún me gustan algunos textos, retratos de artistas y prosas breves. También siento cierta ternura ante mi primer ensayo: "Distancia y cercanía de Marcel Proust". Lo escribí deslumbrado y aterrado por los primeros volúmenes de À la recherche, leídos en la traducción de Salinas y publicados en esos días. Me impresionó sobremanera Un amor de Swann. Creo que esa pequeña novela es una de las grandes novelas de este siglo. El título, "Distancia y cercanía de Marcel Proust", expresa mis vacilaciones: al leer al novelista francés pensaba continuamente, como su antídoto, en Dostoyevski. Fueron en esos años mis dos pasiones.


     A pesar de la avidez con que leía y discutía con mis amigos temas de filosofía, estética y política, mi verdadera vocación fue, desde mi niñez, la poesía. Un día sentí el llamado. Todo lo que hice e intenté después, mis aprendizajes, no fue ni ha sido sino mi respuesta a ese llamado. Alfonso Reyes recogió toda su obra poética bajo el título de Constancia poética. Hermoso título. Creo que mi obra poética, desde los poemas de la iniciación hasta los últimos, merecería un título a un tiempo más ingenuo y más ambicioso: Fidelidad. Durante más de 60 años he sido fiel a la poesía. Y quien dice poesía dice amor. Cuando era niño, un día en que mi abuelo no estaba en su estudio, me senté al frente de su escritorio, escogí una pluma bien tallada —él no usaba pluma fuente— y en el hermoso papel que empleaba para su correspondencia escribí una carta de amor. La cerré cuidadosamente y la sellé con lacre rojo y un anillo que le servía para esos menesteres. Fui al jardín, corté algunas flores, hice un pequeño ramo y salí de la casa. Anochecía —esa hora que llamaban "entre azul y buenas noches". No había un alma en las calles de Mixcoac, un pueblo en las afueras de la ciudad en donde vivíamos. La carta no tenía nombre de destinataria; estaba dirigida literal y realmente a la desconocida. Caminé un trecho: ¿a quién entregarla o en dónde depositarla? Al dar la vuelta en una esquina, en la semioscuridad, vislumbré una casa de nobles proporciones, con una fila de balcones de hierro y, tras los barrotes, unas ventanas de madera con visillos blancos. La casa me pareció que guardaba un misterio; tal vez vivía en ella la desconocida. Movido por un impulso que no puedo explicar, después de un instante de vacilación, arrojé la carta y el ramo de flores entre los barrotes de uno de los balcones y me alejé rápidamente.



     Mi poesía ha sido fiel a este acto infantil y a la esperanza que portaba: encontrarla. ¿A quién? A mi fantasma perdido en el tiempo. Un fantasma, estaba seguro, que encarnaría en una mujer de carne y hueso. La vida, por regla general indiferente y con frecuencia cruel, a veces nos premia con inusitadas y generosas sorpresas. ¿Quién habría podido decirle al niño que escribió la carta a la desconocida que, muchos años después, encontraría a Marie José —a la desconocida destinataria? Por esto le he dedicado a ella los dos volúmenes que abarcan mi obra poética y por eso escribo estas líneas en el prólogo a mis escritos de juventud. Ella inspiró secretamente esos poemas, incluso aquellos escritos antes de que yo la conociese o aun antes de que ella hubiese nacido. Ahora ella, la desconocida encarnada, los ilumina.




     Escribo estas líneas al final de mis días. Este volumen reúne las tentativas de un escritor primerizo y sería quimérico pensar que alguna de ellas llegará a los ojos de nuestros descendientes. Entonces, ¿por qué las publico? En primer término, porque así me lo ha pedido mi generoso amigo y editor Hans Meinke. Además, se acostumbra ahora publicar todos los textos de un autor, incluso si en vida prohibió expresamente que se dieran a la publicidad algunas de sus obras. Repruebo la costumbre pero, no tengo más remedio, me pliego a ella: si yo no publico estos poemas, notas y artículos, lo harán otros. Y hay otra razón circunstancial: algunos críticos y periodistas, censores que escriben con bilis, me han reprochado la supresión de varios poemas y las correcciones de muchos otros. Han dicho que esas modificaciones y enmiendas obedecían a razones de orden ideológico: con ellas intentaba borrar las huellas de ideas y sentimientos que me movieron y conmovieron en mi juventud. Estos críticos, si se les puede llamar así, voluntariamente ignoran que el impulso que me llevó a corregir y suprimir algunos de mis poemas ha sido la insatisfacción ante mis obras y sus defectos. Corregí y suprimí no por sórdidos motivos de ideología política sino por sed de perfección. No he sido el único: infinidad de escritores han sentido y hecho lo mismo.



     Termino: cualquiera que sea su mérito, las páginas incluidas en este volumen revelan las tentativas, los descubrimientos, las afinidades, las negaciones y, en fin, todo aquello que amaba y detestaba un joven escritor mexicano nutrido y formado por la vanguardia pero que al filo del medio siglo, sin renegar de ella, intentaba explorar otras vías.



México, a 5 de abril de 1997



Octavio Paz
Por las sendas de la memoria. Prólogos a una obra, México, FCE, 2011

10.6.14



Norteamérica


1936
—Hablo de la destrucción completa de un órgano. No de cortar un tejido. —  ¿Bando de Guerra? Esto es sólo contención informal. ¡Viva la muerte!

Dijo lo primero que entendió
Tomó la capa y se sujetó la estola

Vía, ronda donde las estaciones se prolongan
Paso del alba
Paso de Alfacar, de la inmundicia

La casa respiró al fin sin la presencia del español
Televisores, una caja de ataúd, una parva de carábidos que se impide los ánimos
Un revólver
La presencia de los insectos comenzaba a sofocar de nuevo

Canté
Nada sé de la lista

En la villa cercana también las mujeres se volvieron hacia él
Él se hartaba

¿Dónde está?
Está en los libros
Eso es mentira. Hace días que le veo en el televisor
Tus miradas. Son tus miradas
¿Mis ojos? ¡Tus chillidos!
Encerrado sólo ves muerte
¿Dónde está?
Salió

En cada monitor la bandera americana se sostenía por soldados ancianos
5:16 am
El informe que redactó para el general Queipo de Llano se ha mojado
Volvió por el camino de la Fuente Grande
Es probable que aún le vea su mujer con vida

Ramón se colma en la silla majada. Yo es ciego
En la huerta una manada de corderos son despedazados por una piara de cerdos. Es en sí el único canal que funciona

Desde que se distanció de su familia solo acierta a hablar con la pantalla
Hirieron a su padre en la tierra de los árabes. Siempre los árabes. Cuando vuelve ya no se le encama. España es para él una mártir, España Perfecta

Yo sólo canté, no sé hacer otra cosa
¿Y la lista?
¿De qué lista…? ¡Donde escribí ayer el nombre de Federico mil veces!
Si el presidente retira la tropa española el día 27, le haré saber al generalísimo de sus ánimos tan endebles
¡El gitano! ¡Por Dios, está muerto!



27.5.14



VI 
A cada uno su Quimera

BAJO UN GRAN CIELO GRIS, en una llanura polvorienta, sin caminos, sin hierba, sin un cardo, sin una ortiga, me encontré a numerosos hombres que caminaban encorvados.

Cada uno de ellos llevaba sobre la espalda una enorme Quimera, tan pesada como una saco de harina o de carbón, o como la fornitura de un soldado romano.

Pero la monstruosa bestia no era un peso inerte; al contrario, envolvía y oprimía al hombre con sus músculos elásticos y poderosos; se engarfiaba con sus dos vastas garras al pecho de la montura; y su cabeza monstruosa sobrepasaba la frente del hombre como uno de esos cascos horribles con los cuales los antiguos guerreros esperaban aumentar el terror del enemigo.

Interrogué a uno de esos hombres preguntándoles a dónde iban así. Y me respondió que no sabían nada, ni él ni los otros; pero que evidentemente iban a alguna parte, pues estaban impulsados por una invencible necesidad de caminar.

Cosa curiosa por anotar: ninguno de aquellos viajeros se veía irritado contra la bestia feroz suspendida de su cuello y pegada a la espalda, se hubiera dicho que la consideraban parte de sí mismos. Ninguna de aquellas caras fatigadas y serias testimoniaba desesperación; bajo la cúpula esplinética del cielo, los pies hundidos en el polvo de un suelo tan desolado como el cielo, los hombres caminaban con la fisonomía resignada de los que están condenados a esperar siempre.

Y el cortejo pasó a mi lado y se sumergió en la atmósfera del horizonte, en el lugar donde la superficie del planeta se oculta a la curiosidad de la mirada humana.

Y, por algunos instantes, me obstiné en comprender aquel misterio; pero muy pronto la irresistible Indiferencia se abatió sobre mí y no me sentí mas rudamente arruinado que los mismos hombres por sus aplastantes Quimeras.





13.1.14


Prolegómenos al poeta inútil




Terminé de leer "Mi Óbolo a Caronte", una nueva edición de aquel manuscrito que en 1925 escribiera Alfonso Reyes. La narración líquida del lance histórico que envolvió a su padre es silenciosa, colmada de un respeto religioso, objetiva en la medida que lo describe, parcial y lícita; ahí hay bastante dolor que pesa sobre su alma.
Y queda el pasaje-evocación.

---
Pero esto que escribo no se refiere a la familia Reyes, sino a un imprevisto número de Letras Libres, el que corresponde a diciembre de 2004, número que, al buscar mi traspapelado óbolo, asomó su vieja portada justo debajo de aquel maravilloso libro. No hay vínculo, a mi parecer, entre la revista y el escritor regiomontano que valga la pena mencionar (sólo tal vez las páginas del Diario inédito, LL#2), sin embargo me gustan algunas características de la publicación de Krauze, por las cuales conservo varios ejemplares. La edición final de 2004 llamó mi atención (o volvió a llamar mi atención) por el tema central que se propuso tratar: La poesía mexicana. No hay mucho que decir sobre los textos escritos en torno a tan infinito tema, sólo una inusitada convocatoria que hace la revista merece esta mención, no por ser "osada", ni por preguntar lo que pregunta, sino por lo insustancial que se puede ser en un texto.
La invitación que “nos hizo” Letras Libres aquel fin de año fue para responder quiénes eran entonces los diez mejores poetas mexicanos vivos. Debo entender que se refería a los diez poetas más sobresalientes de las letras contemporáneas. Vaya pregunta, a la que debemos dimensionar dentro del marco de las publicaciones literarias de prestigio oficial. ¿Quiénes llegan a nuestra cabeza? ¿Qué nombres? ¿Cómo saberlo? El universo es como lo pinte el apóstol.

No condeno este acto, como lo menciona la revista: es un ejercicio. Lo que provoca la interpelación es la idea y el hecho de ofrecer un listado de nombres posibles a los cuales aludir, y en el extremo del caso, a los cuales socorrerse.
Ya en el mayor de los atrevimientos, entendibles en Krauze, no necesariamente inteligentes, Letras Libres ofrece una lista base de doscientos poetas mexicanos vivos "para que de ahí el lector elija a diez". Al releer aquello imagino que estoy en un bien-parecido café, allá, en Bellas Artes, rodeado de amigos entrañables y con la carta (también entrañable) frente a mí.

Peligrosa y sutil la consigna de considerar como público lo propio.

Para la poesía mexicana un listado de doscientos nombres propuestos por la revista es burdamente insustancial, ya que la enumeración es excluyente por regla (toda relación es así), sólo denota los gustos de sus lectores y no el juicio de una hélice literaria. Ahora, pregunto: ¿por qué doscientos? ¿sólo son doscientos los contiguos al paradiso literario de las Letras Libres? ¿Por qué no quinientos? ¿O mil? ¿O diez?

Paz llamaba cortesano a todo aquél que se dejaba seducir por el patrimonialismo. Cortesano uno, patrimonio literario el otro.

Otra vez de la mano los legisladores (desde sus curules) de las letras y la nada hastiada Presunción (¡oh, esnob!). Otra vez fraternos.

No me agrada la lista. Siendo más claro: no me gusta que se enliste a poetas. La poesía, el acto de ejercerla y las personas que la ejercen no son productos que entran a competir o a jerarquizarse, no es ese su designio. Nada se reduce a una imaginaria circunferencia de nuestro albedrío. Pero está de más pretender que Letras Libres lo haya comprendido aquella vez o que lo comprenda ahora.


25.11.13


                                                                                                                    Alfonso Reyes. FOTO: Anónimo - CNL/INBA


Sobre el ensayo «El pensamiento político en Alfonso Reyes»



Sebastián Pineda Buitrago ha invitado a sus lectores “a probar la vigencia o caducidad de las ideas de Reyes […]”¹. El autor colombiano inicia un interesante diálogo que dará para bastante correspondencia. Sebastián es un admirador y un adepto del escritor regiomontano.

Las ideas de una persona son diversas e indeterminadas, al indagar entre figuras literarias las posibles ideas se vuelven entonces determinaciones sustanciosas, posicionamientos inteligibles o doctrinas de no poca consideración. Entiendo que el autor del ensayo El pensamiento político de Alfonso Reyes se ha referido a la vigencia o no de las “ideas políticas” del escritor mexicano, pero, como se dará cuenta quien lea aquella obra, ya Sebastián se ha encargado no solo de mostrar sino también de demostrar tal vigencia, por esto quiero yo ir más allá del adjetivo y divisar lo que para Reyes significó “el cultivo de las ideas mismas”.
Intentaré (y solamente eso) demostrar lo continuo que es el pensamiento de don Alfonso de la forma como acostumbro iniciar mis declaraciones: con una comparación (ya que así se denota lo distinto), una comparación entre quien a mi juicio es permanente siempre (Reyes) y quien desde ya es un juez efímero (Octavio Paz).

El decoro de Reyes para saberse un redactor (más que un escritor) de la historia, de la literatura y de su contemporaneidad, contrasta con la sutil soberbia de Paz, quien en un sólo ejemplo para explicar el comienzo de la poesía latinoamericana escribiera aseveraciones extraordinarias como la siguiente: “Todo comienza –recomienza- con un libro de José Lezama Lima: La fijeza (1944). Un poco después (no tengo más remedio que citarme) Libertad bajo palabra (1949) y ¿Águila o sol? (1950).”² No hay estupor ni mínimo asombro desde entonces para nuestro premio Nobel.  Reyes redacta, Paz se obsesiona. El primero es alguien que da frutos y que nos muestra a la lejanía los venenos seductores, por ello prevalece. El segundo se abruma, se acerca a nosotros y nos ofrece aquellos venenos que él llama frutos, por ello, después de sucumbir, no prevalece. La respuesta a la invitación de Sebastián nos la da el mismo Reyes en Esencia, utilidad y función de la retorica³, donde dice: “En su desmedido afán de cuidar el atavío, los viejos retores* acaban por creer que todo el arte de discurrir reside en el estudio de las combinaciones entre las palabras y de las figuras.” Los que se han empecinado en permanecer en la ciénaga de la retorica no han impuesto un sistema, un sistema de persuasión, y la persuasión debe ser indicativa, objetiva. Continúa don Alfonso: “Las proposiciones o juicios en modo indicativo expresan el absoluto lógico y son objeto de la ciencia.” La ciencia demuestra, la retorica persuade. Por esto Reyes siempre se cuidó de no entender la literatura sólo como “modos” que signifiquen “deseo, condición o mandato” y que sólo expresen “lo contingente y lo pasional”. Las ideas de Reyes se cultivan, “en consecuencia, la retorica debe fundarse en la filosofía”, la ideas tienen un sistema y se muestran a la Historia (registro imperecedero y público). Siendo don Alfonso de naturaleza aguda y perspicaz, pero sobre todo poseedor de una verdadera conciencia funestamente templada —el padre y la patria—, no desvaría (como facilmente en su condición de poeta pudo hacer) si es absolutamente necesario dictar credos. Bien podría ser una sentencia decir que “La ciencia [revestida de método literario diría yo] demuestra, y se dirige a los espíritus preparados por conocimiento y educación. La retorica persuade, y se dirige a todos los hombres.”⁴ No veo duda que don Alfonso predique para que la política sea más una ciencia hacía espíritus preparados (ciudadanos rectos) que un arte aunque persuasivo,  ilusorio.

Quizá he actuado con imprudencia o yerro al valerme de comparaciones, pero estoy convencido que es una forma bastante ilustrada de diferenciar ideas concretas de ideas volátiles. No debería ser polémico lo que es cristalino, Reyes se perpetua por su testimonio, ¿y Paz? Podrá persistir pero sin duda esto se deberá a sus dotes de poeta y a su poesía misma. No todo es retórica en un escritor, o “recetas” como dirá años después Carlos Monsiváis⁵.





2 Los hijos del limo.

10.9.13


LE CLOITRE

                                                               A Mademoiselle Any M.

Un crucifix de fer tend ses bras sur le seuil.
De larges remparts gris ceignent le cloître austère,
Où viennent se briser tous les bruits de la terre,
Comme des flots mourants aux angles d'un écueil.

Le saint lieu, clos à tout, gît comme un grand cercueil,
Plein de silence, plein d'oubli, plein de mystère.
Des vierges dorment là leur sommeil volontaire.
Et sous le voile blanc portent leur propre deuil.

Tous les ressorts humains se sont rompus en elles.
Dans réblouissement des choses étemelles,
Elles marchent sans voir, hors du Temps, hors du Lieu.

Elles vont, spectres froids, corps dont Tâme est ravie,
Êtres inexistants qui s'abîment en Dieu,
Vivantes dans la mort, et mortes dans la vie.



Edmond haraucourt

9.6.13




A mis lectores. Comentario #9 en el poema Lo infame, del día 12/2/08 18:19



Definitivamente eres un fracaso solo reflejo de ira y mal destino que tienes eso es lo que es tu poesia, es tu vida reflejada alli, que barbaro habra algo que rescatar muy poco, pero talvez sigue intentando, tienes novia ?espero que no la tengas porque si la tienes seguro ella hace poesia al lamento. Enamorate hazlo porque creo que no ha llegado pues se persive una poesia muy pobre, buscate amate para que desarrolles algo mejor.

Miguel anzua



Lo que quiso decir Miguel es:

Definitivamente eres un fracaso, sólo reflejo de la ira y del mal destino que tienes. Eso es lo que es tu poesía. Es tu vida reflejada allí. ¡Qué bárbaro! Habrá algo que rescatar… muy poco… pero tal vez… sigue intentando. ¿Tienes novia? Espero que no la tengas, porque si la tienes seguro ella hace poesía al lamento (sic). Enamórate, hazlo; porque creo que no ha llegado […] (Imagino que se refiere a que no ha llegado el amor.) pues se percibe una poesía muy pobre. Búscate, ámate (o tal vez quiso decir: búscate amante) para que desarrolles algo mejor.

Miguel Anzua.



R:
Gracias por tus patriarcales consejos, aunque no los tomaré en cuenta, pero te los agradezco. El furor que demuestras para escribir es casi comparable al mío (salvo en la redacción, claro). Espero continúes leyendo LVLVLV, acaso puedas tener más opiniones de él y yo felicite mis actos de fe.
Tus palabras: “Eres un fracaso, solo reflejo de ira y mal destino…” Me gusta como suenan.


Posdata: No pierdas nunca esa candidez, Miguel.


31.1.13


/ I. Testudo p.17



judea

animal
con
esófago
par




El poema inhóspito, aún inteligible. Judea es tierra palestina y está entre dos mares. Más allá de decir que uno de ellos es el Mar Muerto (lo que vuelve dramática la imagen) es que también está entre dos identidades: la judía y la árabe. Y así se alimenta. Así sobrevive.

Apotegma, cierto. El poema puede ser también una sentencia.




[segmento de la reseña de sórdido paso de rubén gil fondo editorial tierra adentro publicada originalmente en periódico de poesía]




8.11.12




Adén… Bruselas… Chipre… Djeddah… Entotto… Fumay… Gibraltar… Harar… Innsbruck… Java… Kombarován… Londres… Marsella… Nápoles… Obock… París… Qeenstown… Roche… Stuttgart… Tougtang… Utrecht… Viena… Warambot… Xylofagou… Yabata… Zeila… alfabeto de la errancia, donde la camilla del muerto viviente fue izada en un barco de vapor…



           p.67 RIMBAUD LA HORA DE LA FUGA

23.10.12


Ofanim  ( _trazo )

Las bellas pasan
En circulos  [gime su piel]

Polvo tórrido
modelado


Elías de Tisbe, el viento
timbra su voz


Simbología de la derrota

¡Cómo fueron tus brasas mis ojos!
¡Cómo encendió el amanecer!
[gimiendo sus manías]
de Neftalí...


Sólo es el soplo y la mentira




15.8.12

Stalin es otro nombre de Vladimir Putin




No pasarán.
[…]
Que no roce la muerte otros labios,
[…]
Que no pasen, hermanos.

Octavio Paz, 1936


 
El 21 de febrero de 2012 las jóvenes integrantes de la banda punk Pussy Riot se plantaron dentro de la Catedral de Cristo Salvador en Moscú y a unos centímetros del altar interpretaron su “plegaria” ‘Virgen María, hazte feminista/ Virgen María, hecha fuera a Putin’. Detenidas por la seguridad nacional rusa desde hace seis meses, Nadezhda Tolokonnikova, Yekaterina Samutsevich y Maria Alekhina esperan el veredicto de su sentencia que se llevará a cabo este viernes.

A continuación el alegato final de Yekaterina Samutsevich durante su última comparecencia. El cual hallé en ladyfestmadrid. Gracias por la difusión.




En su declaración final, se espera que la acusada se lamente y se arrepienta de sus actos, o enumere las circunstancias atenuantes. Tanto en mi caso como en el de mis compañeras de grupo, esto es totalmente innecesario. En vez de eso, quiero expresar mi percepción de las causas por las que nos ha ocurrido esto.

    La importancia simbólica de la catedral de Cristo Redentor en la estrategia política del poder resultó obvia para muchas cabezas pensantes cuando el antiguo compañero [de la KGB] de Vladimir Putin, Kirill Gundyaev, tomó el relevo como cabeza de la iglesia Ortodoxa rusa. Desde entonces, la catedral de Cristo Redentor empezó a usarse abiertamente como un ostentoso escenario para la política de los servicios de seguridad, que son la principal fuente del poder [en Rusia].

    ¿Por qué Putin siente la necesidad de explotar la religión Ortodoxa y su estética? Después de todo, podría haber empleado sus propias herramientas de poder, mucho más seculares. Por ejemplo, las corporaciones nacionales, o su amenazante sistema policial, o su propio y obediente sistema judicial. Puede que las severas y poco eficaces políticas del gobierno de Putin: el incidente con el submarino Kursk, los bombardeos a civiles a plena luz del día y otros momentos desagradables en su carrera política le hayan forzado a considerar que ya iba siendo hora de rendirse; o si no, la ciudadanía rusa le acabaría obligando a hacerlo. Aparentemente, fue entonces cuando surgió su necesidad de utilizar la estética de la religión ortodoxa, históricamente asociada al apogeo de la Rusia imperial, en la que el poder no surgía de manifestaciones terrenales, como son las elecciones democráticas y la sociedad civil, sino de dios en persona.

    ¿Cómo consiguió hacer esto? Después de todo, todavía vivimos en un estado laico y ¿acaso no debería tratarse toda interferencia de las esferas religiosa y política con severidad por parte de nuestra vigilante y crítica sociedad? Aquí, aparentemente, las autoridades se aprovecharon de cierto déficit de estética ortodoxa durante la época soviética, cuando la religión ortodoxa tenía el aura de una historia perdida, de algo aplastado y herido por el régimen totalitario soviético y era, por lo tanto, una cultura de la oposición. Las autoridades decidieron apropiarse de esta sensación histórica de pérdida y presentar su nuevo proyecto político como una restitución de los valores perdidos de Rusia, un proyecto que poco tiene que ver con una preocupación genuina por conservar la historia y la cultura de la Ortodoxia rusa.

    Era también bastante lógico que la iglesia ortodoxa rusa, que desde hace mucho tiempo tiene una conexión mística con el poder, apareciese en los medios como la principal ejecutora de este proyecto. Además, estaba implícito que la iglesia ortodoxa rusa, a diferencia de la era soviética, cuando la iglesia se oponía, sobre todo, a la crudeza con que las autoridades tratan la historia, debería hacer frente a todas las funestas manifestaciones de la cultura de masas contemporánea con su propio concepto de diversidad y tolerancia.

    Aplicar este proyecto político tan interesante en todos sus aspectos ha requerido cantidades considerables de equipos de iluminación y video profesionales, espacio en los canales nacionales de TV durante horas de emisión en directo y numerosos planos de fondo con reportajes edificantes moral y éticamente en los que, de hecho, se escuchan los discursos perfectamente construidos del Patriarca, para ayudar a los fieles a tomar la elección política adecuada durante la campaña electoral, un tiempo difícil para Putin. Es más, el rodaje tiene lugar constantemente. Las imágenes necesarias deben clavarse en la memoria y actualizarse constantemente para crear la impresión de algo natural, constante y obligatorio.

    Nuestra inesperada aparición musical en la catedral de Cristo Redentor con la canción “Madre de dios, líbranos de Putin” violó la integridad de esta imagen mediática, creada y mantenida por las autoridades durante mucho tiempo, y desveló su falsedad. En nuestra performance nos atrevimos, sin la bendición del Patriarca, a combinar la imagen visual de de la cultura ortodoxo y de la cultura de protesta, dando a entender a la gente inteligente que la cultura ortodoxa no pertenece únicamente a la Iglesia Ortodoxa rusa sino que también puede ponerse del lado de la desobediencia civil, la rebelión y la protesta en Rusia.

    Quizás este efecto incómodo y a gran escala que ha provocado nuestra intrusión en la catedral haya sido una sorpresa incluso para las autoridades. Primero intentaron presentar nuestra actuación como una broma, una inocentada, de unas ateas militantes sin corazón. Pero cometieron un error garrafal, dado que por entonces ya éramos conocidas como la banda de punk feminista anti-Putin que realizaba sus mediáticos asaltos en los principales símbolos políticos del país.

    Al final, teniendo en cuenta todas las pérdidas simbólicas y políticas irreversibles que causó nuestra inocente creatividad, las autoridades decidieron proteger al público de nosotras y nuestro pensamiento inconformista. Así acabó nuestra complicada aventura punk en la catedral de Cristo Redentor.

    Ahora tengo sentimientos encontrados respecto a este juicio. Por un lado, contamos con que el veredicto nos declare culpables. Comparadas con la maquinaria judicial, no somos nadie y hemos perdido. Por otro lado, hemos ganado. Ahora el mundo entero puede ver que la causa criminal contra nosotras ha sido un montaje. El sistema no puede ocultar la naturaleza represiva de este juicio. Una vez más, Rusia aparece ante los ojos del mundo como algo totalmente diferente a lo que Putin trata de presentar a diario en los encuentros internacionales. Todos los pasos hacia un estado justo y gobernado por la ley, obviamente no se han dado. Y su declaración de que nuestro caso será juzgado con objetividad y de que el veredicto será justo es otro engaño al país entero y a la comunidad internacional.
Esto es todo. Gracias. 



fuente original: Cogita.ru
Página en apoyo a las Pussy Riot: http://www.freepussyriot.org/


13.7.12

 

Preámbulo

El poeta Virgilio nos orienta hacia el primero de los ríos. Florencia no es tan distinta, piensa Dante. En el primer arco el guía encuentra a Marie por segunda vez, y nada ocurre. Ella es como una estaca: lunar e impávida. Las avispas, las moscas no clavan sus rejones en la piel de esta muda. El Autor no da testimonio de la escena, no es parte de una comedia.

Dante conversa en la antesala con Celestino V. — Fue apostura de aciaga fe — recuerda Virgilio acerca de Marie. Después hace una oración. Con pesadumbre cae su mirada al camino negro. En la lejanía la imagen espesa del Aqueronte. Dante intenta comprender el despropósito de todas aquellas almas. Encorvado, se vuelve ante el romano. Ahora se da cuenta que el paso del poeta muerto es el paso de un abatido. Él no sabe de Marie. Cordero docil, le inquiere : —¿Maestro, el suelo envilecido ahoga tus ojos más que nuestro camino?
— coram nobis omnia Marie nihils habentes — murmulla Virgilio.
— ¿Marie?
Entonces Caronte rema hacia el principio.



8.6.12





La patria entre mierda


Yo
me seco el orín en la bandera
de mi país,
ese trapo
sobre el que se acuestan
los perros
y que nada representa,
salvo tres colores
y un águila
que me producen
un vómito nacionalista
o tal vez un verso
lopezvelardiano
de cuya influencia estoy lejos,
yo, natural de esta tierra,
me limpio el culo
con la bandera
y los invito a hacer lo mismo:
verán a la patria
entre la mierda
de un poeta.


Sergio Witz


12.1.12


El Corporativo

En marzo de 1929 el presidente Calles conforma al Partido Nacional Revolucionario (PNR), de tal manera instaura, quizá sin proponerselo, una nueva clase política mexicana: la del clientelismo y su autócrata enaltecido; desde entonces el contubernio adquiere categoría institucional. Quizá no podía ser de otra manera, la transición que ocurrirá del “fuego cruzado” a la “retórica conciliadora” será una vía desesperada en aquel México posrevolucionario.

El culto a los triunfadores (armados) de la Revolución Mexicana y el ejercicio del contubernio constituyeron la nueva substancia para la nación mexicana.
Lo que ocurrió después fue una tempestad de investiduras y retoques (no es redundancia): Las muertes en Cananea y Río Blanco se volvieron rótulos en la Confederación de Trabajadores de México (CTM), el asesinato, a traición, de Zapata volvióse un pergamino en la otra confederación: la Nacional Campesina (CNC); y al final el alud aciago de un millón de mexicanos exaltó los labios de los lideres en la siguiente confederación forjada: la Nacional de Organizaciones Populares (CNOP). Consumatum est.
La nueva pirámide social estaba fraguada, en su incipiente decoro se desplegaba al siglo XX : El presidente y sus corporaciones, donde no habría lugar a la discrepancia ideológica, mucho menos a la discrepancia política.
El funesto inicio del Revolucionario Institucional (o PNR o PRM) incluyó a personas de enorme calidad moral, teóricos y prácticos del ideario nacional antecesor a Díaz, con un fulgor liberal y una clara conciencia laica en todos los sentidos. Personas que asumieron, quizá inconscientemente, que "esta nueva forma de hacer las cosas" como proyecto de país sería la respuesta a tantas desgracias del pasado.
Pero ocurrió casi inmediatamente que el PRI demostró que no sería así, develó su real rostro: el más déspota y cruel del corporativismo. En él nació el sindicalismo mexicano, la burocracia estatal, las actuales cámaras legislativas y nuestros medios públicos, organismos todos supeditados al hombre fuerte o a los hombres fuertes del poder (llámese cacique estatal, secretario general o adalid de la iniciativa privada). El corporativismo, como lo entendió el PRI y como ha quedado ya enquistado en la vida del país, es una doctrina oligárquica que niega voz (y niega el respeto para esa voz) a todo aquel que no se conforme con ser multitud o escalinata y que ha preferido ser un individuo libre. Su corporativismo ha negado, desde hace 80 años la libre elección de autoridades, el derecho pleno de asociaciarse y el derecho a la diferencia ideológica dentro de un plano laboral. Estos males son su legado.
Sin mencionar lo ocurrido en 1948, 1968 y 1988 —porque lo ocurrido bastantes lo saben— el daño está hecho, la quinta esencia del Partido Revolucionario Institucional erró al negar el espacio público a los que no requieren de la lisonja ni del tumulto para darse a entender. 
Habría que decirle al PRI que no todo se trata de representatividad, existen los individuos. Y como individuos se vuelve ineludiblemente necesario ser libre de pensamiento, de manifestación y de acción para poder edificar una completa y verdadera sociedad civil.

Trágicamente podría estar de acuerdo con María Rivera: “El Sistema no se cayó nunca, aunque lo vimos tambalearse y hasta hacerse el muertito. El Sistema no es un cáncer, es un virus: una configuración que todos los mexicanos tenemos integrada. […]Mutó, sencillamente se adaptó a los tiempos democráticos, floreció como nunca en la alternancia.¹”

Nada terminó la noche del 2 de julio de 2000, lo que sucedió aquel domingo fue la alternancia en el sentido más puro de la palabra,  la estructura y el talento burocrático (las formas que nos llevan al fondo) se mantuvieron en los Pinos como sus armazones más sólidos, prueba de ello son las maneras con que el gobierno de Calderón trata a los trabajadores del SME, la forma de resolver con plata las muertes en la guardería ABC, o el modo incierto y escandaloso en el que aquél se convirtió en presidente de la república.


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